Reacción emocional del paciente frente al proceso oncológico.

Frente a las reiteradas demandas de atención psicológica al paciente que se enfrenta a un tratamiento en un Servicio de Oncología (sea de quimioterapia o radioterapia), nos preguntamos cómo poder ayudarle, constatando la evidencia de que cada persona tendrá una respuesta singular y propia frente a éste hecho.
Oponiéndose a éste punto de la singularidad de la respuesta emocional encontramos algo más del orden de lo general, cuando hablamos de la importancia de que la persona consienta activamente a acceder a un mínimo de “adaptación” a la nueva situación. Y aquí encontramos diferentes “modos de adaptarse” y sus dificultades. Estará quien adopte una actitud de evitación o negación de la situación, o una posición demandante en cuanto a los cuidadores/familiares, o ubicarse como el enfermo y que todo deba circular alrededor de él…
Cuando hablamos de adaptación, tenemos la certeza de que por un lado, de eso dependerá el compromiso y la adherencia al tratamiento (que suelen caracterizarse por una larga duración). Y por otro, la modalidad de enfrentarse a la nueva situación, de poder re-situarse en el nuevo contexto, determinará la posibilidad o no, de encontrase mejor emocionalmente frente a los cambios.
Es bastante frecuente escuchar a los pacientes oncológicos referirse al hablar de su posición frente a la enfermedad con la sensación constante de tener una espada sobre la cabeza que lo acompaña desde el momento de conocer el diagnóstico, lo que suele describirse como el “Síndrome de Damocles”. Es trabajo del psicooncólogo, favorecer que el paciente pueda poner sobre la mesa estos miedos, fantasías, construcciones propias de cada uno frente a lo que debe atravesar. De ésta manera, podrá situar con mayor facilidad estas cuestiones que se agolpan salvajemente produciendo diferentes tipos de reacciones (angustia en el mejor de los casos, inhibiciones, odios, indiferencia en los peores) y que a veces, dificultan el elaborar la nueva situación, dando lugar a diferentes modalidades de expresión bajo la forma de “complicaciones inesperadas”, dolores inespecíficos, abatimientos crónicos, abandono o muerte liberadora, o el propio malestar dirigido hacia el equipo médico o la familia presentando desconfianza, inseguridad, etc.
Es un trabajo compartido, por una parte del equipo psicológico, y por la otra, es el propio paciente que deberá consentir y actuar activamente para de ésta manera volver a situar a una cierta distancia la vulnerabilidad temporal por la que se atraviesa con bastante frecuencia frente a un diagnóstico de éste tipo.
Por estas cuestiones en la sala compartida de quimioterapia en la Clínica del Remei, que semanalmente se encuentra el mismo grupo de personas, ciclo a ciclo, se producen y acentúan los vínculos entre los mismos miembros identificando al grupo con una característica en común “enfermos oncológicos”. Por otro lado, aquí mismo, aparece la necesidad de cada uno de hacerse un lugar particular en ese mismo grupo y con el equipo médico a partir de sus “señas particulares” que le devuelvan la identidad bastante vapuleada que la misma enfermedad ha borrado. Esta sala es un espacio muy particular ya que aquí no sólo se encuentran semana a semana el mismo grupo, y van estrechándose los vínculos sino que también se producen todo tipo de expresiones emocionales, al enterarse de la muerte de algún enfermo, el deterioro visible de otro, o la alegría compartida frente al alta médica, o frente a sucesos de orden personal, etc.
Es aquí también un espacio importante de intervención del psico-oncólogo, quien hace uso de los diferentes espacios para favorecer un encuentro con un paciente ya sea en el pasillo, en la sala de espera, en planta o en la entrada misma de la clínica, etc. y lo “terapéutico” no sólo se reduce a su trabajo individual con cada paciente en el despacho psicológico.

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